Escrito por Estefanía Asensio

Llegar a Bagán me ha desconcertado. Debe ser que estoy poco acostumbrada a visitar lugares en los que el turismo aún no ha hecho demasiada mella. Y seguramente haber llegado hasta aquí desde Chiang Mai, al norte de una Tailandia más que explotada, acentúa aún más este sentimiento. Bagán lleva tantos años en mi mente que estar aquí me parece irreal, pero mas allá de eso lo que más me sorprende es la tranquilidad que respiro desde el primer momento.

El paisaje desde la ventanilla del taxi que me está llevando a mi hostel en la ciudad es tan salvaje como bucólico. Me cuesta creer que lo que estoy viendo exista de verdad, y no sé por qué no puedo dejar de pensar en Africa a medida que avanzamos, por que no he pisado más que el norte de ese continente, pero en mi cabeza estas carreteras de arena y estas avenidas de árboles deben ser muy parecidas a los horizontes africanos. De todos los rincones surgen pequeños templos y estupas ocres sobresaliendo de entre los árboles, y da exactamente igual que sean las cinco de la mañana y que me haya pasado toda la noche viajando sin dormir en un viejo autobús por carreteras horribles para llegar hasta aquí, porque aún no he puesto pie en la ciudad y Bagán ya me parece un maravilloso mundo aparte.

Me hubiese gustado alojarme con locales en Myanmar, como ya hice en países como Vietnam y Tailandia, pero aquí no se permite a los extranjeros dormir en las casas de los habitantes, así que voy a tener con conformarme con conocer únicamente la forma de vida de los birmanos desde el exterior, y no es tan sencillo en un país cerrado al turismo hasta hace pocos años.

Cuando por fin me instalo y salgo a recorrer el lugar, enseguida me doy cuenta de que visitar Bagán es perderte solo entre los caminos de tierra sin mas compañía que la de una destartalada moto eléctrica o una vieja bicicleta, y experimentar la misma tranquilidad que hay en la vida de los que viven aquí. La gente se pasea sin prisa entre los templos, cultiva sus campos con bueyes atados a arados o saca a sus ovejas a pastorear por los prados aprovechando que estamos en época de lluvias y que el paisaje de Bagán ha cambiado de amarillo a verde. Ni siquiera me encuentro a ningún otro extranjero, y es que todos estos días que voy a pasar correteando entre los templos de Bagán con mi moto, lo voy a hacer con la sensación de que alguien me ha hecho el regalo de dejarme estar recorriendo completamente sola este lugar. Y el estar aquí y poder estar saboreando esto sola me hace pensar en lo mucho que podríamos haber disfrutado de todos estos lugares que visitamos plagados de gente si aún tuviésemos la posibilidad de recorrerlos sin tanta compañía.

Llegar a Bagán también significa dormir poco, entrar en la rutina de levantarme temprano para no perderme ningún amanecer y en la de estar atenta para no desperdiciar la hora en la que el sol se marcha. El paisaje en lo alto de cualquier templo a medida que desaparece la luz del día es una de los imágenes más increíbles de todos mis viajes y la primera vez que lo he experimentado me he vuelto tan adicta que no puedo dejar de hacerlo ninguno de los días que estoy aquí.

Mi rutina sigue los mediodías, cuando cojo mi moto y voy a comer a mi restaurante favorito, uno que encuentro por casualidad en mi primera noche en la ciudad. He venido tantas veces aquí que hasta me cocinan platos que ni salen en la carta y a veces incluso me regalan el postre. Y así, tras comerme los mejores platos que he probado en Myanmar, vuelvo a conducir mi moto dejándome perder por las callejuelas de tierra del viejo Bagán. Voy improvisando el camino, y es que aquí da igual que dirección tomes por que sabes que vas acabar rodeado de templos maravillosos y parajes increíbles, así que voy siguiendo eligiendo mi ruta al azar y dejándome sorprender por lo que aparece en el camino.

Juro que estos noodles están aún más ricos de lo que parece en la foto

Cuando llega la noche vuelvo a mi hostel y me paso las horas charlando con los demás viajeros. Aquí el ambiente es tan bueno y motivador que no puedo recordar ningún otro hostel que me haya gustado más en todos mis viajes. La mayoría del personal es birmano aunque también hay un par de personas de Italia y Portugal. Una de las noches me fijo en un pequeño cartel situado en la mesa de recepción en el que anuncian que se busca recepcionista, y a pesar de tener otros planes y de estar organizando mi vida para vivir dentro de poco en un lugar totalmente distinto, me siento demasiado tentada a quedarme aquí por un tiempo. A ver cada día el amanecer, a pasearme por los templos y a charlar por la noche con la gente nueva que cada día llega a este lugar. ¿Qué más podría necesitar? 

Si este viaje por Asia me ha dejado algo es la certeza de haber encontrado en Bagán un trocito del mundo que encaja conmigo, un pedacito de mundo en el que realmente me siento a gusto y me apetece demasiado parar aquí por un momento.

Nunca había sentido esta sensación antes, pero hay alguien demasiado increíble esperándome en casa y nuestros planes juntos cumplen muchos de nuestros sueños, así que espero que Bagán pueda esperarme un ratito, pero lo cierto es que me da miedo imaginármelo en pocos años, cuando pasearse tranquilamente en bicicleta se haya vuelto imposible, cuando subirse a cualquier templo se convierta en largas colas, cuando estos campos se llenen de hoteles, cuando los autobuses llenos de turistas y los tours invadan todos los recovecos de este lugar. Supongo que hasta entonces Bagán siempre será mi lugar en Asia. Y yo, que soy tan poco dada a decir adiós, no he sentido nada mejor que despedirme de un lugar sabiendo que después de tantos años por fin he encontrado uno de mis lugares en el mundo.

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