Escrito por Estefanía Asensio

Una llamada al rezo a las 5h00 AM me recibe a mi llegada a Amán tras unas interminables- aunque esperadísimas- horas de avión. Provienen de la Mezquita del Rey Abdullah, ubicada a escasos metros de mi hotel en la capital de Jordania. Las luces de sus dos minaretes se reflejan en su enorme cúpula azul dándome la mejor de las bienvenidas: por fin estoy aquí.

Tras instalarme en la que va a ser mi casa durante los próximos días y comprobar que la conexión wifi es un bien muy escaso en la ciudad, duermo un par de horas antes de empezar mi periplo. Ya por la mañana, mientras camino media hora hasta el centro atravesando la parte baja ciudad, compruebo lo caótico que es este lugar, con sus interminables filas de coches y sus ruidosos taxis que pitan incesantemente en busca de clientes. De todas partes surgen viejos Mercedes Benz que parecen conocer a la perfección el serpenteante entramado de callejuelas de Ammán, una ciudad en constante movimiento. Se pueden contar con los dedos de una mano los pasos de peatones y los semáforos en un lugar en el que cruzar la calle es toda una peligrosa aventura.

Escenas de la parte vieja de Amán
Escenas de la parte vieja de Amán

Tengo muchas ganas de conocer el gran teatro, último vestigio romano de lo que un día fue la ciudad de Filadelfia y que hoy constituye el mayor reclamo de Amán. Atravieso primero la plaza del fórum, popular punto de encuentro entre las familias jordanas, y a mi llegada me encuentro con algo aún más hermoso de lo que había imaginado. Perfectamente encajado en la ladera de la colina Al-Joufeh, en pleno centro de la ciudad, el Anfiteatro de Amán, concebido para celebrar la llegada del emperador Adriano, se sitúa enfrente de la colina de la Ciutadela, donde sus dos inmensas columnas corintias pertenecientes al Templo de Hércules parecen hacer guardia sobre la ciudad baja.

Pero, sin duda, lo mejor que puede hacerse desde lo alto de sus incontables gradas es sentarse a observar a sus lugareños y disfrutar del día a día de los muchos jordanos que se acercan hasta aquí lanzando a los visitantes sus welcomes, característicos de la hospitalidad jordana. Desde aquí observo cómo los edificios modernos que me rodean han acabado invadiendo este milenario espacio. A unos cientos de metros de aquí se alza la increíble Mezquita de Al-Hussein, con sus dos minaretes de estilo otomano, cerca del enorme y estrecho zoco de frutas, carnes y verduras del que uno parece no poder salir nunca.

Un avión militar sobrevolando la ciudadela de Amán ante la atenta mirada de estos niños...
Un avión militar sobrevolando la ciudadela de Amán…

Me llama especialmente la atención el carácter extrovertido de la gente, y es que esta es una ciudad abierta en la que hombres y mujeres pasean juntos y comparten su tiempo de ocio, mientras los niños, divertidos, persiguen a los turistas en busca de fotos para darles después las gracias con una amplia sonrisa. Aunque no sólo ellos sucumben a la tentación, pues en mi recorrido por las calles de la ciudad me para un grupo de hombres que también reclama posar frente a la cámara cual niño pequeño.

Es un poco más tarde, durante la visita que realizo al interior de la Mezquita del Rey Abdullah – una mezcla de tradición y modernidad en la arquitectura musulmana- descalza y cubierta de pies a cabeza, cuando descubro que las mujeres también demuestran poseer esta predisposición hacia el otro. A mi llegada, un grupo de devotas me acoge calurosamente para enseñarme la sala donde realizan los rezos. Es bastante más reducida que la de los hombres y no hay cientos de pares de zapatos adornando la entrada, pero resulta mucho más íntima y acogedora. Observo la enorme lámpara de cobre que abarca parte del techo cuando, sin darme cuenta, la mayor de ellas me coge del brazo con delicadeza para sentarme a su lado, justo antes de retirarse el hiyab que le cubre gran parte del rostro.

Rameh cantándome un pasaje del Corán
Rameh cantándome un pasaje del Corán

Una de las niñas presentes le acerca el Corán, y tras hojear algunas páginas empieza a recitarme un pasaje, como si hubiese estado esperando por mí. Pero no está leyendo, sino cantando: una suave melodía que envuelve este mágico ambiente y me hacen sentir por un instante como una más de ellas. Tras acabar, le pregunto si puedo tomarle una foto, pero antes me hace un gesto con la mano para que me detenga y, tras otro ligero toquecito en mi brazo, se cubre de nuevo la cara para posar ya alegremente para mí. Las demás se unen a nosotras y empiezan a preguntarme de dónde vengo y si me está gustando Jordania, y es entonces cuando reparo en que la que se ha convertido esta vez en el objetivo de las cámaras he sido yo, ya que una de ellas había grabado con su móvil mi pequeña incursión en esta sala de oración.

Decido conocer un poco más la parte más moderna de la ciudad y, después de haberme acercado a lo alto de la Ciutadela para disfrutar de las admirables vistas de esta vieja urbe, me dirijo a la zona este de Ammán, donde las anchas avenidas y las zonas peatonales contrastan con los sinuosos laberintos anteriores. Se trata de la mayor zona comercial del país, atestada de embajadas internacionales y hoteles de cinco estrellas. En los restaurantes, en los que tan pronto suenan grandes hits musicales españoles de los 80 como las últimas novedades de MTV, ondean las banderas de equipos de futbol como el Madrid o el Barcelona. Centros comerciales, cafeterías chic, y mujeres al descubierto dejan patentes las disparidades entre ambos lados de la capital jordana.

Así es Amán, el centro de una actividad febril y una antítesis en sí misma. Sin toda esta vorágine de sensaciones y de gentes el centro de Jordania perdería su esencia, pues es en ella donde se refleja en el ritmo mismo de la ciudad, siempre inagotable y renovado. Pero sin duda, en esta capital- una de las más antiguas de Oriente Próximo- su parte tradicional es la más conmovedora. Escuchar la llamada al rezo mientras paseo por sus callejuelas o dejarme envolver por los cantos religiosos de sus mujeres es un viaje a otro mundo. Y eso es justamente lo que he hecho: dejarme llevar hacia el universo de Jordania.

Mi mejor atardecer en Jordania fue en el Mar Muerto, a dónde fui unos días después
Mi mejor atardecer en Jordania fue en el Mar Muerto, a dónde fui unos días después

¿Quieres ver más fotos de Jordania? ¡No te pierdas la Galería!

Historias relacionadas