Escrito por Estefanía Asensio

Soy la persona más nostálgica que conozco. Y, como buena melancólica, las despedidas me cuestan horrores. Creo que pensé en el día que iba a tener que marcharme de aquí el mismo en que puse los pies por primera vez en la ciudad. Me pasa constantemente, y con todo. Echo de menos cosas que aún no tengo y cosas que aún no he perdido… y, a mi llegada a Arequipa, supe que iba a echar en falta cosas que sabía que estaba a punto de vivir pero que aún ni siquiera habían ocurrido.

He pasado aquí tres meses muy intensos; meses de descubrimientos, de encuentros, de aprendizajes, de viajes; meses de gente, de fiestas, de sorpresas, de risas, pero sobre todo y ante todo, tres meses… de LIBERTAD. Ese tipo de libertad que uno sólo es capaz de sentir cuando hace lo que le vuelve inmensa e incondicionalmente feliz. Tres meses en los que he sido como yo soy y quiero ser.

Y como quiero continuar siendo.

No sabía qué hacer en mi último día aquí aparte de despedirme de todos aquellos que me importan en esta ciudad, pero me he dicho que no había mejor forma de decirle adiós a Arequipa que dedicar mis últimas horas a recorrerla dando un largo paseo por todos los sitios que significaron algo para mi estos meses y en los que he vivido cosas que voy a llevarme por siempre conmigo.

Es curioso pensar cómo despedirnos de un lugar hace que nuestra mirada se torne tan pura y curiosa como cuando lo descubrimos por primera vez; como si de pronto quisiésemos encontrar detalles nuevos en esos lugares que un día fueron rutina. Eso me ha ocurrido a mí hoy en las calles de Arequipa, por las que caminé durante casi 100 días y que ahora he redescubierto como si fuesen nuevas. Quizás sea mi intento de buscar algo nuevo que llevarme tras estos meses aquí, o quizás es que no quiero irme con la sensación de haberme perdido algo que no supe ver.

Para mi sorpresa, siento que me va a resultar extraño desacostumbrarme de esta vida que en un principio me resultó tan lejana a mí. Y es ahora, cuando ha llegado el momento de volver a casa por última vez, a la que ha sido mi casa durante tres intensos meses que sin duda han parecido el triple, cuando me doy cuenta de que este lugar va a ser siempre una parte importante de mi y de lo difícil que me va a resultar desadaptarme de Arequipa. Arequipa. Are-quipa. A-re-qui-pa. Un nombre que siempre será especial para mí, el de una ciudad que fue mía durante un ratito y a la que ya tengo ganas de volver a ver.

Y es que, ¿cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a pisar las calles de este lugar? ¿Habrá cambiado mucho para entonces? ¿Seguirán los vendedores de comida apostados en las aceras, como de costumbre? ¿Y las cholas con sus llamitas con gorritos a la puerta del Pasaje de la Catedral? ¿Y las mujeres con sus largas trenzas vendiendo sus muñequitas de trapo por la calle?

¿Seguirán gritando “¡Queso! ¡Queso helado!” las vendedores vestidos con sus polleras amarillas? ¿Seguirán los taxis sin parar en los pasos de cebra y tocando el claxon cada dos segundos? ¿Y aquel hombre que pasa cada mañana por mi calle anunciando por un megáfono que vende y compra todo tipo de cosas? ¿Y el quiosquero al que le compro casi cada día cocada y elige los trocitos más buenos para mí? ¿Seguirá ahí?

¿Seguirán el Misti y el Chachani tan bonitos y nevados? ¿Y Santa Catalina tan bella pintada de rojo y azul? ¿Y la calle del Pasaje de la Catedral, mi rincón favorito, con sus terracitas de colores a las que iba siempre por las noches a comer pan con ajo? ¿Seguirá la portentosa Plaza de Armas tan alborotada de gente?

Son las diez de la noche y, a escasas horas de partir a Puno y empezar mi aventura por Bolivia, me digo que seguro que Arequipa, al igual que yo, será otra aún mejor para cuando nos volvamos a ver.

Ahora sí… Llegó la hora…. Gracias y adiós Arequipa.

Volveremos a vernos.

Seguro.


¿Quieres ver más fotos de Perú? ¡No te pierdas la Galería!

Historias relacionadas