Escrito por Estefanía Asensio

Amin y Fadi están esperándonos a nuestra llegada al puerto. Aún no lo sabemos, pero estamos a punto de vivir nuestra mejor experiencia en Indonesia y de conocer a las dos mejores personas que hemos tenido la suerte de encontrar en el camino. Nos toman con fuerza de la mano uno a uno para izarnos a bordo de Dede Putra, y nos invitan a instalarnos en este barco con nombre propio que al principio nos resulta extraño, pero que poco a poco va a ir convirtiéndose en nuestra casita en el mar de Flores, en nuestro pequeño lugar en medio de una de las siete maravillas naturales del mundo: el Parque Nacional de Komodo.

No pudimos tener a mejores capitanes. ¡Aquí están Amín y Fadi!

Durante tres días dejo de ser una viajera solitaria para compartir mi viaje con Karen e Iñaki, dos amigos madrileños que conocí en el tren a Sapa en Vietnam, tras habernos pasado un buen rato perdidos sin que nadie del personal de la estación supiese decirnos adónde ir. Uno de los encuentro más maravillosos de mi viajes. Belén, otra amiga más, les acompaña esta vez y junto a ella y Violetta, una chica indonesia y su novio sueco, Fredrik, ponemos rumbo a nuestra aventura en medio del mar de Savu. Y yo, eterna enamorada de los viajes en solitario, doy gracias por compartir esta experiencia con personas tan increíbles como las que ya conozco y las que voy a conocer estos dos días.

Después de dejar nuestras cosas en las camas de la zona inferior del barco, nos acomodamos en la cubierta, donde dos pequeños colchones hacen las veces de cama y de sillones para comer y desde donde unas horas más tarde, tras vivir un primer día en el barco que jamás voy a olvidar, me quedaré dormida viendo las estrellas. Violetta nos traduce todo lo que dice Padi, quien tras explicarnos la ruta que vamos a hacer durante el viaje, nos comenta que su compañero y capitán del barco, Amin, es sordomudo y no puede hablar con nosotros, y eso no va a ser ningún impedimento a la hora de comunicarnos con él, porque durante los siguientes dos días vamos a cambiar las palabras por gestos y miradas que dicen mucho más.


Esta es la ruta en orden que hicimos durante este viaje en barco. Puedes leer una mini-guía con todos mis consejos para visitar el lugar aquí.


Podría pasarme días enteros contemplando vistas como estas desde el barco…

Amin enciende el motor y ponemos marcha a un viaje que va a ser grandioso. Uno de  esos que nunca se irán a ninguna parte, uno de esos que dejan una huella indeleble en la memoria. Nuestra primera parada es la isla de Kanawa, un pequeño paraíso de aguas cristalinas (cristalinas de verdad) donde nos lanzamos al agua a hacer snorkel rodeados de un sinfín de peces de colores, pequeñas mantas e incluso alguna que otra tortuga. Pero lo mejor de este lugar es que apenas tenemos que compartirlo con más gente y a mi me resulta imposible que una playa como esta, con la que yo siempre había soñado, aún sea un lugar desconocido que poder disfrutar sin agobios.

Yo tampoco me creo que exista algo así…
¡pero es cierto!

Tras más de dos horas disfrutando de este agua transparente y esta fina arena, nuestros capitanes nos esperan para seguir camino hasta la que va a ser la gran aventura de hoy. Navegamos durante algo más de una hora en la que apenas nos cruzamos con nadie, hasta que la velocidad del barco se reduce y Fadi toma posición en la proa. Se supone que íbamos a llegar a Manta Point, otro islote famoso donde ver mantas raya enormes, o eso creía yo, porque no se trata de ninguna pequeña isla ni de ninguna playa si no de un punto en concreto en medio del mar desde donde saltar para poder nadar con ellas en libertad. La alarma de mi cabeza enseguida se enciende y empieza a entrarme el agobio, y es que nunca he sido amiga del mar y mucho menos de un mar plagado de todo tipo de pececitos diez veces más grandes que yo. Le pido a Violetta que le pregunte a Fadi si aquí hay tiburones, y no hace falta que me traduzca la respuesta porque una mueca medio divertida medio incómoda se dibuja en su cara, así que mi pequeña alarma en la cabeza enseguida se convierte en espanto y terror y un bloqueo que hace que me quede clavada en el suelo.

(Foto cedida por Iñaki)

Enseguida vemos a dos mantas nadar alrededor de nuestro barco. Dos mantas inmensas que mueven su cuerpo de una forma majestuosamente bella. Iñaki es el primero en saltar al agua sin pensárselo dos veces. Hay una gruesa cuerda atada a ambos bordes del barco desde la proa hasta la popa que jamás hubiese adivinado para que sirve, pero cuya función no es otra que la de hacernos de agarre a medida que el barco localiza las mantas y se mueve para permitirnos nadar junto a ellas. Fredick y Belén se lanzan un poco más tarde, mientras yo sigo paralizada en el mismo sitio observándolas mantas nadar casi al ras de la superficie. Si poder verlas desde donde me encuentro ya me parece algo irreal, no soy capaz de imaginar la sensación de zambullirme en el agua con ellas. Sin que apenas me dé cuenta, me coloco las gafas de buceo y salto al agua. Me sumerjo sin pensar en nada más, movida por un impulso irrefrenable de verlas más de cerca, de flotar con ellas, de ver con mis propios ojos algo tan solemne. Enseguida observo a una de ellas nadando justo delante de nosotros. Me parece increíble estar aquí y tener la suerte de poder ver lo que estoy viendo. Intento sujetarme fuerte a la cuerda pero las olas son bastante fuertes y me descolan un poco las gafas, lo que hace que no pare de entrarme agua y no pueda ver bien. No soy capaz de colocármelas al mismo tiempo que hago fuerza con los brazos para no quedarme atrás, y toda la adrenalina que me llevó a lanzarme al mar enseguida desaparece y me hace querer volver a subir al barco. Karen se acaba de lanzar del otro lado del barco, donde otra manta está nadando a unos pocos centímetros de ella. Me coloco boca abajo en la proa para grabar el momento y la observo a un paso de mi, con su enorme boca abierta para ir comiendo a medida que nada, hasta que de repente hace un giro sobre ella misma y desaparece en el fondo del mar. Cuando Fadi nos pide a todos que volvamos al barco por culpa de la corriente y de unas olas cada vez más fuertes todos nos miramos entre nosotros, con el corazón palpitando, con una expresión de incredulidad en nuestros rostros sin asimilar aún lo que acabamos de vivir.

Todos sabemos que esta última experiencia va a ser difícil de superar, así que después de parar en Pink Beach, una playa conocida por tener una arena con tintes de este color, no podría haber mejor momento para irnos hacia la costa de la isla de Komodo y atracar nuestro barco en el que va a ser nuestro dormitorio esta noche. Empiezan a llegar más barcos a estas agua tranquilas en las que todo el mundo para a dormir. Pronto cae la noche sobre nosotros, y lo hace acompañada antes de un atardecer naranja que nos rodea y se hace más intenso a medida que el sol se esconde. Todos nos quedamos en silencio, saboreando internamente todo lo vivido en el día antes de compartir la mejor cena que he probado en Indonesia, cortesía de Amin, que no solo es un gran capitán, si no un cocinero increíble que hace una comida deliciosa.

El cansancio ya hace un rato que ha hecho mella en nosotros, así que nos repartimos las camas y Belén y yo nos quedamos en los dos pequeños colchones de la cubierta. Tras colocar las sábanas y vestirnos algo más abrigadas para resguardarnos del viento que sopla durante la noche, por fin apagamos la pequeña luz de la cubierta y todo se vuelve profundamente oscuro. Desde donde estamos podemos ver un sinfín de estrellas en el firmamento, y me duermo pensando en lo inmensamente llena que me siento por poder ver lugares como estos con mis propios ojos y por poder contar en mi vida con días como el de hoy.

Son las 5 de la mañana cuando nos despertamos con el ruido del motor encendiéndose. Amin enseguida viene a vernos y nos hace un gesto para decirnos que sigamos durmiendo mientras seguimos camino para empezar el día. Anoche me dormí con el corazón palpitando al saber que al día siguiente íbamos a empezar la ruta en la isla de Padar, en el lugar que más ansiaba ver en todo mi viaje en Indonesia desde que lo conocí por casualidad el año pasado. Tras algo menos de una hora, llegamos al puerto de acceso a este lugar y agradezco la suerte que hemos tenido al ser uno de los primeros botes que desembarca hoy aquí. Hay que hacer un pequeño trekking hasta lo alto de la isla, y si no fuese por este calor abrasador, esta me resultaría la subida más bonita del mundo.

Pasamos cerca de una hora y media contemplando este paisaje, maravillados ante una forma tan espectacular y unas calas azules en las que todos querríamos sumergirnos con este calor y todo el polvo del camino. Pero aún vamos a tener que esperar un poco, porque nuestra siguiente parada es la isla de Rinca, donde habitan los increíbles dragones de Komodo. Después de dos días en playas de ensueño y viendo paisajes que quitan el aliento, este el plan que menos nos apetece a todos. Lo cierto es que no sé a quién se le ocurre ir a visitar a uno de los animales más mortíferos del mundo. Cuando llegamos el ambiente se vuelve tenso, y todos caminamos temerosos los pocos metros que separan la entrada de los primeros dragones. Hay varios descansando en la entrada de acceso cuando empezamos un pequeño trekking por los alrededores tras los pasos de nuestro ranger, que parece trabajar rodeado de animalitos adorables en lugar de con los lagartos más grandes y mortales del mundo.

Pronto nos escapamos de la isla de Rinca y, después de un último chapuzón en la isla de Kelor tras todo el calor del día, sin que nos hayamos dado cuenta, Dede Putra pone rumbo a su destino final, la ciudad de Labuan Bajo desde la que partimos hace dos días que ahora parecen el triple. No hace falta que nadie diga nada para entender cómo nos sentimos todos por dentro. Y es que la experiencia de surcar el mar de Komodo ha resultado ser diez veces más intensa de lo que alguna vez pudimos imaginar. Quizás Iñaki estuviese leyéndome el pensamiento, porque poco antes del final propone hacer una foto de nuestro pequeño gran grupo, con la intención también, quizás, de inmortalizar este momento de alguna otra forma más que en nuestra memoria. Colocamos la cámara con el temporizador en los sillones frente a la proa mientras nos colocamos uno a uno en posición. Pero falta Fadi, que sigue manejando el timón. Los segundos empiezan a acabarse cuando viene corriendo para que podamos salir todos juntos en esta instantánea que es ya uno de las mejores recuerdos de los viajes de cada uno de nosotros.

Todos estábamos sonriendo felices cuando nos percatamos de que el barco se inclinó rápidamente a la izquierda… Menos mal que Fadi, que sale a punto de correr en la foto, llegó a tiempo para enderezar el timón, o esta foto hubiese salido verdaderamente torcida…

Fadi vuelve a cogernos la mano con fuerza. Esta vez para sacarnos del barco, que ya ha dejado de surcar el mar y ahora no es más que otro de los tantos barcos que van a dormir en el puerto de Labuan Bajo. Y no puedo evitar pensar en que este no es su sitio, en lo extraño que es verlo ahora amarrado a una cuerda al puerto de la ciudad mientras me entran unas ganas horribles de volver a empezar de nuevo este viaje inolvidable. Cuando nos despedimos de nuestros capitanes lo hacemos como quienes se despiden de unos buenos amigos que van a verse pronto, pero todos sabemos, mientras les decimos adiós moviendo interminablemente las manos, que este ha sido un momento irrepetible y así, poco a poco, nos alejamos en dirección al centro de esta ciudad, que no tiene nada especial, pero sí el acceso a un lugar mágico que ya se ha convertido en uno de mis lugares en el mundo.

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