Escrito por Estefanía Asensio

Cuando Linh me dice que me va a llevar a visitar el centro de Ho Chi Minh en moto una enorme luz roja se enciende en mi cabeza. No entraba dentro de mis planes el meterme dentro del anárquico tráfico de la ciudad con más motos del mundo. Llegué ayer por la noche a su casa en el distrito 6 y ella y su familia me acogieron como si fuese un miembro más. Viven en una humilde casa de tres plantas de la calle Hau Giang, donde su madre y sus tías regentan un restaurante con los mejores noodles que he probado por ahora en Asia. No hablan nada de inglés, pero con sus miradas me ha bastado para entender que también están contentas de tenerme en casa.

Lo primero que hago es preguntarle si tiene un casco para mí. Se ríe y me contesta que claro que sí. “Disculpa, lo preguntaba sólo por si acaso…” me apresuro a decirle. Me subo en la parte trasera de su scooter automática y Linh enseguida serpentea entre las motos para sumarse a este vorágine de ruedas y bocinas. Aquí no hay ninguna norma de circulación. No hay que ceder el paso en las rotondas, no hay que dejar cruzar a los peatones, no hay que parar en los semáforos…  Tan sólo hay que seguir esta máxima: esquivar. Esquivar al de la izquierda, al de la derecha, al autobús que atraviesa tres carriles para llegar hasta la parada siguiente, a las bicicletas que se pasean alegremente por ahí, al que va en dirección contraria, al que pasa cargando cinco sacos de fruta en la parte trasera, al que pasa aguantando una ventana con una de las manos, al que lleva a otras tres personas con él en la moto…

Este principio también sirve para cruzar la calle, como me explicó anoche Linh cuando me llevó a dar un paseo para conocer la zona en la que vive. Me cogió del brazo, me clavó en medio de la carretera y me dijo que me quedase quieta. “Tranquila, son ellos los que encuentran el modo de evitarte a ti”, me dice Linh. Pero no estaba tranquila. Me la quedé mirando con cara de “¡¿Qué?!” e inconscientemente intenté hacerme lo más delgada posible, encogiendo la tripa y aguantando la respiración para ser un blanco menos grande para las cientos de motos que se aproximaban como una avalancha hacia nosotras a la vez que rezaba para volver a casa de una sola pieza. No, definitivamente, aunque ya haga tres semanas que he llegado al sudeste Asia y haya podido acostumbrarme bastante al caos del tráfico de esta parte del mundo, no hay nada de lo que haya visto que se asemeje a la antigua Saigón. Si te pasas por Ho Chi Minh y quieres conseguir llegar a la calle de enfrente, recuerda: empieza a caminar y ve quedándote quieto a medida que las motos te toreen a ti. No sé cómo puede ser, pero sí, funciona.

Pero las motos no sirven únicamente para transportar a sus ocupantes de un lado al otro de la ciudad de Ho Chi Minh. Para mucha gente su vida gira en torno a ellas.

Comen sentados de sus motos.

Beben encima de sus motos.

Trabajan encima de sus motos.

Descansan sobre sus motos.

Charlan encima de sus motos.

Duermen encima de sus motos.

Tienen citas encima de sus motos.

Y más cosas que no he visto pero que seguro que también hacen encima de sus motos.

Y da igual que llueva: ahí están, incansables. La única diferencia es que se visten con un enorme chubasquero que hace que sea aún más complicado circular, pero en ningún momento se detienen. ¿Tendrán tantos sitios a los que ir? Me cuesta imaginarme a donde van tantas personas subidas en motos en una ciudad donde el tráfico empieza a las 4 de la mañana.

Tras un viaje de unos 20 minutos sorteando todo tipo de cosas, cuando llegamos a la pagoda Ngoc Hoang, la más antigua de Ho Chi Minh, Linh me pide un rato a solas para poder rezar y yo me aparto para dejarle su espacio y perderme por las diferentes salas del lugar, cada una dedicada a un dios diferente.

Cuando Linh se despide para ir a trabajar, me deja frente a la Catedral de Notre-Dame. Sí, en una catedral de estilo gótico en medio de Asia. Un contraste demasiado grande en una ciudad en la otra punta del mundo. Varias parejas de novios recién casados se hacen fotos frente a ella, imagino que este debe ser el punto más exótico de esta ciudad. Como está cerrada, bajo toda la calle para visitar los pocos puntos turísticos de Ho Chi Minh.

Los viajeros que me he ido encontrado por el camino me lo advertían: en Ho Chi Minh no hay nada que ver. “Un día y sigue ruta”, me decían todos. Cuando organicé mi tour por el sudeste asiático decidí reservar cinco días para Ho Chi Minh. Tampoco había encontrado nada especialmente bonito en internet, pero me llamaba mucho la atención pasar unos pocos días en un lugar con tanta historia como este. El de la antigua Saigón de Marguerite Duras. El de la antigua Conchinchina.

Y, aunque tenían razón al decirme que no es una ciudad bonita, más allá de los pocos atractivos que posee la ciudad, lo realmente interesante es que aquí todo sucede en la calle. No, Ho Chi Minh no gusta, pero hay que saber encontrarle el encanto. 

Como los puestecitos de comida con olor a sopa recién hecha.

Como los mercados callejeros donde encontrar cualquier tipo de cosa.

Como las decenas de personas que hacen taichi en las zonas verdes.

Como el ambiente amigable de sus parques.

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Pero, más allá de la ciudad, lo que me está cautivando de Saigón es precisamente su gente.

Como ese chico que se me acerca para decirme que llevaba la mochila abierta, y antes de decirle nada, me la cierra para que nadie me quite algo.

Como ese hombre que, andando por la calle, me coge el brazo y pone mi mano con fuerza encima de mi cámara para avisarme de que tenga cuidado.

Como ese señor que me regala un billete pequeño para que pueda tomar el autobús al verme sólo con billetes grandes.

Como toda esa gente, mujeres y hombres, ancianos y jóvenes, que me cruzo y me regala una amplia sonrisa.

Cuando empieza la tarde estoy demasiado cansada de andar, pero sobre todo es este calor húmedo el que hace que caiga rendida. Si en Tailandia y en Camboya el calor era abrasador, aquí realmente ya no tiene nombre. Son alrededor de las 15h del mediodía cuando paso por un parque con bancos a la sombra y decido ir sentarme para leer un rato mientras descanso.

Ni siquiera me da tiempo a sacar el libro porque una chica viene y me pregunta “Disculpa, ¿puedo sentarme a hablar contigo?”. Nunca me lo han preguntado antes, así que le digo que por qué no.

Tampoco nos da tiempo a hablar mucho a solas porque enseguida se suman más chicos y chicas y acabamos siendo unas 20 personas. Empezamos a hablar todos juntos sobre nuestros gustos, la vida en Vietnam, la de España… Y, cuando les cuento que de donde yo vengo la gente no suele hablar demasiado con los demás en los parques ni hacer grupos para conversar, uno de ellos me pregunta “¿Y para qué va la gente allí a los parques si no es para hablar?” No sé qué responderle.

Y así, sin darme cuenta, me paso casi 3 horas, hablando con gente joven e inquieta que, casi todos los días, después de salir de la universidad o del trabajo, viene a este rinconcito de Ho Chi Minh para, sencillamente, charlar y compartir opiniones con la gente que pasa por aquí… por qué simplemente es lo más normal del mundo.

Empieza a anochecer y tengo que marcharme con mucha pena, pensando en cuándo será la próxima vez que conozca a gente en un parque.

Ahora ya sé cuál será el primer sitio al que vaya cuando vuelva a Ho Chi Minh. No será el mercado, ni la zona comercial, ni las vistas desde la torre más alta de la ciudad, si no el pequeño parque 23 de septiembre.

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