Escrito por Estefanía Asensio

Nada más poner un pie en Macao lo supe : China no iba a ser nada fácil. Los viajeros que conocí a lo largo de estos años ya me lo habían advertido. Quizás por eso sentía un hormigueo en la barriga cada vez que hablaba con alguien de esa parte de mi viaje por Asia o siempre que imaginaba cómo iba a ser mi experiencia recorriendo el país de sur a norte durante cuatro semanas. Me habían hablado de la incomunicación debido al idioma y de la dificultad de entrar en contacto con la gente, pero jamás de la inmensa soledad que siente uno cuando se enfrenta por primera vez a China, a este gigante duro de roer que te golpea con fuerza para darte de la bienvenida.

Mi primer contacto con la severidad de China fue con un conductor de autobús a mi llegada al aeropuerto de Macao. Eran las doce de la noche y yo andaba intranquila por encontrar rápidamente el hotel más caro que he pagado en un viaje, en el que iba dormir la única noche que pasaría en esta ciudad fuera del alcance de cualquier presupuesto mochilero. Llevaba todo el día en aviones y en salas de espera y la poca energía que me quedaba esa día era para encontrar mi alojamiento y tirarme en la cama del Hotel Emperor, detrás del Gran Casino de Macao.

La chica que iba a alojarme en couchsurfing me canceló apenas unas horas antes de llegar a Macao, así que acabé pagando el hotel más caro de mi vida… (Vale… ¡También fue el día que mejor descansé en todo el viaje!)

Me pone bastante nerviosa llegar a un lugar nuevo de noche y sola, y el chofer del autobús al que le pedí indicaciones para comprobar en qué parada debía bajarme ni siquiera giró la cara ni intentó entender qué le estaba intentando decir cuando le enseñé mi mapa. Tampoco hubo respuesta cuando le indiqué el nombre de mi hotel ni cuando le pregunté dónde bajarme mientras le señalaba el nombre chino de las paradas escrito en uno de los laterales del autobús. Tampoco le importó que fuese uno de los últimos autobuses que iba del aeropuerto al centro y aún menos que yo no tuviese monedas pequeñas para pagar el billete. La única respuesta que obtuve de su parte fue el gruñido que hizo para indicarme que introdujese un billete de 10 patacas en la máquina si quería pasar cuando el precio era diez veces inferior. Y aunque yo aún no lo sabía, pero ya lo intuía, esta iba a ser solo la primera experiencia de otras cientos iguales o peores que iba a vivir las próximas semanas al intentar creer que puedo recibir algún tipo de intercambio de las personas menos empáticas con las que he tratado nunca.

Cuando bajé del autobús en la parada más próxima a mi hotel gracias a la ayuda de un hombre filipino que tuve la suerte de encontrar, me dispuse a andar unas cuantas calles para llegar hasta él. Y fue entonces cuando empezó la primera lucha con carteles incomprensibles y con calles con más de un nombre. El GPS de mi teléfono muy oportunamente tampoco funcionaba, y tras mis primeras tentativas de intentar pedir ayuda en la calles a gente que ni siquiera se paraba a escucharme o que me giraba la cara con una mueca de fastidio, pude comprobar que ni siquiera los taxistas están interesados en llevarte a ningún lugar a pesar de ganar dinero con ello. Tardé más de dos horas en encontrar mi hotel, y cuando por fin solté mi mochila y me tiré en la colcha dorada de un hotel que tardé semanas en amortizar, sentí que me invadía una verdad más que anunciada pero que todavía me negaba a creer: en China iba a estar completamente sola.

El edificio dorado que podéis ver al fondo es el Gran Casino de Macao, y todo lo demás son todas las calles a las que le di mil vueltas la madrugada que llegué a la ciudad para intentar encontrar mi hotel…

Cuando me desperté por la mañana, me pasé todo el día disfrutando de la asombrosa mezcla china y portuguesa de Macao, paseándome por las ‘ruas’ asiáticas que tanta curiosidad me creaban y empezando a saborear una de las gastronomías que más adoro en el mundo. Caminé todo el día entre edificios de colores, adoquines preciosos y un sinfín de carteles en portugués que me hicieron creerme por un momento en Lisboa. Pero todo esto lo hice sintiendo una soledad como nunca he sentido jamás viajando y empezando a darme cuenta de una certeza abrumadora sobre China: aquí no le importas a nadie. Aquí no hay saludos. No hay un “buenos días” o un “buenas tardes”. Aquí ni siquiera hay cruce de miradas. No hay ese interés mutuo con el que siempre he viajado y que llevo experimentando desde que hice mi primer viaje. Aquí nadie repara en ti y nadie parece ver que existes. Aquí eres poco más que un fantasma deambulando entre la muchedumbre más agobiante que puedas imaginarte.

Es una sensación bien extraña el estar paseándose entre cientos y cientos de personas sin tener el más mínimo contacto con nadie. Sin una mirada. Sin una sonrisa. Sin un pequeño gesto de amabilidad. Y, tras haber viajado durante 5 meses por el sudeste de Asia, es un ejercicio imposible desacostumbrarse de ser el objeto de curiosidad de todo aquel con el que te cruzas y, sobre todo, de no recibir no solo la simpatía de la gente si no simplemente un poco de consideración. En lugar de eso, me pasé toda la mañana no-tratando con gente dura e inflexible con la que, como comprobaría más tarde, es más que difícil entrar en contacto. Y así, sintiendo un aislamiento como nunca había experimentado en mi vida, pasé mi primer día rozando China absolutamente sola, impactada al comprobar que acababa de llegar al primer lugar del mundo en el que nadie iba a dirigirme la palabra en un día entero y en el que nadie iba ayudarme a pesar de verme perdida por la maraña de calles de Macao.

 

A la mañana siguiente, huyendo de los precios desorbitados de los hoteles y creyendo poder encontrar algo más humano, tomé un barco de una hora hacia uno de los lugares que me creaban más curiosidad en mi viaje: el pequeño gran Hong Kong. Cuando di mis primeros pasos en sus calles, tras salir del moderno edificio del Victoria Harbour, enseguida comprobé lo occidentalizado que es este país, lleno de carteles publicitarios y modelos europeos anunciando ropa y tecnología. Y, a pesar de ser la ciudad con más influencia externa que visité en mi ruta, el único cambio que advertí respecto al caro Macao, y más tarde al resto de China, fue el desfile de tiendas de marcas internacionales. Las hay en las cuatro esquinas del país, junto a una fiebre por la moda como pocas veces he visto. Hong Kong es una marabunda de gente con trajes y maletines caminando arriba y abajo por esta ciudad lego plagada de edificios pantagruélicos, luces de colores y carteles.

En Mid-levels puedes encontrarte de todo…

Pero pasearse por Hong Kong también es acostumbrase (cuanto antes mejor) a una cultura poco dada a la cortesía y a la atención. Aquí no importa chocarse con el de al lado o tropezarse con alguien. Aquí nada se detiene, todo el mundo sigue su camino hacia los rascacielos y las tiendas de marca y, créeme, no importa si tú estás en medio. No podría contar las veces que alguien se chocó conmigo en el metro o en la calle sin ni siquiera tener la amabilidad de girarse para pedir perdón, al igual que tampoco sería capaz de contar las veces que me cortaron el paso, ni tampoco las que se me colaron cuando esperaba mi turno para pagar en un supermercado o para subir a un tren. Aquí las desorbitadas aglomeraciones hacen que nunca haya importado qué siente el que está a tu lado. Y tú no vas a ser la excepción. Esta fue una experiencia que iba a vivir a lo largo de todo el mes, y es que aquí no se cuidan esos pequeños grandes detalles que marcan toda la diferencia. Y yo, que tanto aprecio en el día a día gestos como estos, sentí, por primera vez en un viaje, que jamás podría encajar con una cultura tan descortés e impasible como la china.

Sea de día…
… sea de noche
Hong Kong siempre te deja sin palabras

Y, así, con la sensación de haberme cruzado con la mayor cantidad de gente de mi vida sin haber tenido el más mínimo contacto con nadie, siete días después de mi llegada a esta zona de Asia, subí al metro de Hong Kong que me llevaría en cuarenta minutos a la frontera para conocer la primera ciudad china de mi ruta, Shenzhen, en lo que iba a ser un largo y duro camino hacia Pekín.

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