Escrito por Estefanía Asensio

Conseguir marcharme de la solitaria China fue casi más duro que pasar un mes recorriendo de sur a norte este país tan poco amable con los extranjeros : un retraso de más de 8 horas y una noche entera durmiendo en la moqueta del parque infantil del aeropuerto de Beijing fue la despedida perfecta del único país que se me hizo duro en casi 8 años viajando. ¿Cómo podría haberme dicho adiós de otra manera? Cuando por fin subí a bordo de mi avión hacia Luang Prabang aún no lo sabía, pero estaba a punto de cambiar la soledad de un mes en china por otro viajando con la que iba a convertirse en mi familia recorriendo de norte a sur el país que más me ha enamorado del sudeste asiático: el maravilloso Laos.

Facundo fue el primero en encargarse de eso. Acababa de llegar de Bariloche en una conexión en Bangkok con Francisco y Agustín, otros dos amigos argentinos. Por una de esas casualidades que parecen estar escritas en algún misterioso libro de la vida resultó ser mi compañero de asiento, o casi, porque la pasajera china que estaba sentada entre nosotros no fue ningún impedimento para que nos pasásemos todo el vuelo charlando. Enseguida se sumó a la conversación Carolina, una chica chilena que llevaba varios meses viajando por el sudeste y estaba sentada de la parte izquierda de nuestra fila de asientos. Los cinco nos juntamos naturalmente tras pasar el control de pasaporte para ir al mismo alojamiento y poco después corrimos hasta el taxi para intentar zafarnos de una lluvia cada vez más estruendosa.

Tanto el recepcionista como todos y cada uno de los trabajadores de nuestro hostel en la capital laosiana eran tan extremadamente amables que parecía que estuviésemos tratando con amigos de toda la vida. Y, después de un mes sufriendo la tosquedad china, fue entonces cuando me di cuenta de dónde estaba. De que había vuelvo a los gestos amables. De que había vuelto a los saludos y las sonrisas. De que había vuelto al Sudeste. 

Cuando por fin dejamos todas nuestras cosas en el hostel, salimos todos juntos a cenar. Nos dejamos perder por el entramado de calles de Luang Prabang, asombrándonos por la mezcla asiática y francesa de sus pequeños edificios blancos y sus ventanas de madera perfectamente cuidadas. Todos sentimos el encanto especial de esta ciudad, el primero en ser declarado Patrimonio de la Humanidad de todo el país. Por fin había dejado de llover y el suelo se había llenado de pequeños charcos aquí y allá y entre pizzas y noodles nos quedamos charlando hasta tarde como si nos conociésemos de toda la vida.

La tranquilidad de Luang Prabang me cautivó por completo…
Cada noche las calles de la ciudad se llenan de toldos de colores para acoger al mercadillo más bonito que he visto en el Sudeste.

Los siguientes cuatro días los pasamos recorriendo juntos la ciudad, a ritmo lento, a nuestro ritmo, disfrutando de cada paisaje, de cada encuentro, de cada momento en la tranquila Luang Prabang. ¿Qué prisa podía haber para descubrir un lugar tan apacible y hospitalario como este? Lo primero que visitamos fue la increíble cascada Kuang Si, a unos 30 km al sur, aunque si hay algo de lo que disfruté fue de las charlas compartiendo una comida, de todas las risas y de los cientos de historias absolutamente locas. Laos estaba enseñándome que, definitivamente, los momentos descubriendo a las personas son aún más valiosos que el mismo lugar, incluso que uno tan maravilloso como Laos y despedirme de estos tres argentinos chiflados hizo que se me encogiese un poquito el corazón.

Cascada Kuang Si | Luang Prabang
Esto es lo que ocurre cuando te cruzas con 3 argentinos locos que viajan con una balsa en la maleta…

Shiru, una argentina de raices israelís, se había unido a nosotros el último día en la ciudad y, como teníamos planeado hacer la misma ruta hacia el norte de Laos para luego llegar hasta el sur, junto la frontera tailandesa, decidimos compartir ruta. Laos seguía dándome compañía pero tampoco íbamos a ir solas, Marine y Simon, dos franceses llegados al sudeste tras un año en Australia, decidieron tomar el mismo camino que nosotras cuando les hablé de las aldeas del norte. Y así, sin darnos cuenta aún de todo lo que íbamos a vivir juntos pero sabiendo que nos esperaban lugares espectaculares, pusimos rumbo a Nong Khiaw. 

Llegar allí fue uno de esos bellos regalos que te dan los viajes. En Nong Khiaw no hay más que una carretera, la que atraviesa el gran puente sobre el río Nam ou, uno de los muchos afluentes del Mekong. Tampoco hay mucho más que un puñado de guesthouses y un par de restaurantes, algunos vehículos y, cómo no, algunas motos que rompen con la tranquilidad de este lugar, anclado entre una de las montañas más bonitas que he visto jamás.

“¿Qué es esto sino la vida?” le dije a Shiru al llegar al mirador de Nong Khiaw.

Decidimos quedarnos los cuatro en Meexai guesthouse. Unos bonitas habitaciones frente al río y las imponentes montañas de Nong Khiaw. Es difícil oír aquí algo más allá del tranquilo discurrir del agua y la brisa del viento. Cuando Simon, Marine y yo decidimos tomar un kayak para pasar la tarde navegar el río eso fue justamente lo que nos encontramos: una quietud como pocas veces he sentido.

El kayak, el Mekong y nosotros tres.

Nos extrañamos al descubrir a un grupo de niños encaramados en lo alto de un árbol. Los observábamos trepar a lo alto de las ramas con una habilidad asombrosa para luego precipitarse al agua de un salto. Ninguno hablaba inglés pero nos llegaban sonrisas y “hellos” de todas partes que nos invitaban a compartir el que parecía el juego más divertido del mundo. Todos habían llegado hasta allí en pequeñas barcas que manejaban a la perfección haciéndonos sentir muy torpes al compararlo con nuestra destreza con el kayak. Así que nos pasamos la tarde peleándonos para conseguir subir al árbol y jugando con ellos en el agua, sintiendo que no había nada mejor en el mundo que pudiésemos hacer en ese momento.

¡Ni los monitos se suben mejor a los árboles!

Me resultó verdaderamente difícil dejar atrás la aldea de Nong Khiaw. Quizás me estaba dando cuenta de que estaba en un sitio maravilloso como pocos y quizás, también, el viajar cada vez más lento me hiciese percatarme de la verdadera belleza de un lugar. Una hora y media en barco después llegamos a la aldea de Muang Noi y, si la experiencia de compartir el río Mekong con los niños fue maravillosa, allí nos esperaba otra que también iba a dejarnos sin palabras.

Con estas vistas el viaje se hace demasiado corto…

Salimos a dar una vuelta por las pocas calles de este lugar, pero Shiru tenía claro adonde quería dirigirse: a la pequeña escuela de Muang Noi. Jamás se me había ocurrido visitar de improvisto un colegio, pero cuando nos lo dijo me pareció la mejor idea del mundo y me pregunté a mí misma porqué no lo había hecho antes.

Os presento la calle principal de Muang Noi. Por delante…
… y por detrás.
Nuestra casita en la ciudad.

Niños. De los de verdad.

Eso fue lo que me encontré en la pequeña escuelita de la aldea de Muang Noi. De esos que te hablan con educación. De esos que juegan entre ellos y únicamente con sus manos y sus pies. De esos que comparten con los demás. De esos que ya no tienen nada que ver con los que veo y a los que doy clase cada día. Y una escuela donde los niños y las niñas de todas las edades se ayudan unos a otros para estudiar a Voltaire y a Montesquieu, donde todos comparten el campo de futbol con los búfalos y los patos y donde yo podría quedarme a dar clases en las pequeñas aulas hechas de madera y de botellas de plástico sin pensar en nada más.

Si queréis ver estas vistas os aconsejo que os lo penséis dos veces, subir al mirador de Muang Noi es de todo menos sencillo y seguro…
… aunque Simon y Marine no parezcan muy alarmados.

Unos días más tarde llegamos a la ciudad de Vang vieng, a 180km de Luang Prabang, y si bien no nos hablaron especialmente bien de este lugar famoso por ofertar actividades como tubing en el río, encontramos varios de los paisajes más bonitos de todo el viaje. Alquilamos unas motos y nos pasamos varios días recorriendo sus cascadas y sus campos y, la última tarde, atrapados en lo alto del mirador Nam Xay rodeados de una enorme tormenta.

Estas increíbles vistas compensan que te pille una enorme tormenta y te deje atrapado a pocos minutos del atardecer en medio de la nada y sin luz…
…pero tampoco creáis que Simone y Marine estaban muy preocupados por ello…

Tras marchamos enamorados de sus montañas y de este mirador, fue el turno de una breve parada en la capital, Vientiane, para después partir a nuestra última parada en el país: la meseta de Bolaven, cerca de la pequeña ciudad de Pakse, donde me tocó despedirme de mi pequeña familia francesa, dos desconocidos que ya se han convertido una parte muy especial de mi experiencia viajera, con la promesa de vernos en Bretaña. Laura, una chica belga, iba a ser mi última compañía antes de volver a casa después de casi 4 meses en el sur de Asia. Ahora era a ella, recién llegada hace unos días, a quien le esperaban más de 3 meses de viaje por una de las zonas más fascinantes del mundo. Pasamos mi penúltimo día en Laos recorriendo varias de las cascadas más increíbles que ambas hemos visto jamás, y fue entonces donde, después de todos estos meses, me di cuenta de que había llegado al final de mi camino tras una de las experiencias vitales más importantes de mi vida.

La cascada Tadfane, o más bien el escenario de algún cuenta de hadas…

Sabes que te vas de un lugar mágico cuando te levantas contemplando vistas impetuosas desde tu habitación; cuando tomas un pequeño barquito y eres el único navegando el río Mekong; cuando los niños se pasan los domingos trepando a lo alto de los árboles para tirarse al agua y te invitan a jugar con ellos al verte llegar; cuando sientes que no importa donde has estado antes ni a dónde irás después porque ya has encontrado un pedacito de mundo en el que te quedarías para siempre. 

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