Escrito por Estefanía Asensio

Lo tenía todo planeado para ese fin de semana. Salía el 27 de julio de 2015 a las 23h de la noche hacia Puno, la ciudad al borde del lago Titicaca, después iba a visitar la isla de los Uros, tras ello dormía en la isla Amantaní y al día siguiente visitaba la de Taquile para después volver a Arequipa en el bus de las 18h. También tenía claro lo que quería hacer: caminar por las ruinas de este lugar tan especial, perderme largas horas en mis pensamientos mientras observaba el que es el lago más alto del mundo, entrar en contacto con las gentes que habitan en él y disfrutar de estar viviendo más experiencias en el país que enseguida se convirtió en mi lugar favorito en el mundo. Pero, ya se sabe, los planes no siempre salen como queremos… salen mejor.

Iba a ser mi primera visita en el país tras instalarme durante tres meses en Arequipa, y no hacía más que contar los días, pero un comunicado de mi trabajo de profesora me informó varios días antes de marcharme que excepcionalmente las clases del mes siguiente iban a empezar más tarde, por lo que disponía de otros siete días libres. En total, nueve largos y maravillosos días para viajar y conocer más a fondo y, sobre todo, con más tranquilidad, los increíbles lugares de este país. Mi trabajo sólo me permitía tener dos o tres días libres seguidos, por lo que contar de repente con nueve era un regalo que tenía que aprovechar.

¿A dónde podía ir? Ya había visitado las Islas Ballestas y el desierto de Huacachina, y había reservado un viaje para Cusco y Machu Picchu para el mes siguiente. ¿Y si iba al norte de Perú? Huaraz, Trujillo, Máncora… ¿Y el sur? ¡Chile! ¡El desierto de Atacama! Tras el fin de mi contrato lo tenía todo pensado: quería visitar numerosos sitios de Bolivia, pasar por el norte de Argentina y Paraguay, para llegar hasta Foz de Iguaçu, subir hasta Rio de Janeiro y Salvador de Bahía para finalmente –y por desgracia- coger un avión de vuelta a Madrid. Estaba convencida de que el Desierto de Atacama era el único sitio de los que quería ver en este viaje al que debía renunciar por falta de tiempo, y, de repente, el azar me ofrecía nada más y nada menos que nueve días para poder no sólo conocerlo sino degustarlo.

No lo pensé más. Enseguida cambié mis billetes de bus (cosa BIEN complicada en Perú: en realidad conseguirlo me llevó tres días…) y me fui al Terrapuerto de Arequipa a comprarme un pasaje de 6 horas hacia Tacna, en el sur de Perú. De ahí, debía coger un taxi colectivo de cerca de una hora hasta la ciudad de Arica, en la frontera chilena. Una vez el norte de Chile, debía tomar un bus de 11h hasta la ciudad de Calama para finalmente coger otro bus de 1h30 hasta San Pedro de Atacama. Un viaje de casi 20 horas repartidas en cuatro autobuses diferentes para llegar a conocer el desierto más árido del mundo y sus increíbles paisajes. Una ruta pesada y larga que sin embargo sabía que merecía de largo la pena hacer. Llevaba soñando desde hacía dos años con este lugar, cuando lo descubrí en el maravilloso documental de Un Mundo Aparte, de Daniel Landa. Al verlo por primera vez me parecía imposible que pudiesen existir paisajes tan bellos y surrealistas en el mundo y sentí que necesitaba verlos con mis propios ojos, así que no me lo pensé dos veces y, cuando llegó el día, puse rumbo hacia San Pedro.


Las distancias son bastante largas en Atacama, por lo que hay que organizar bien qué secciones ver cada día. Por fortuna- y por desgracia si te falta tiempo- hay mucho que conocer, así que lo mejor es intentar organizar los tours por secciones y, sobre todo, no ir con prisa para poder saborear bien todos y cada uno de estos maravillosos lugares. Si te queda algo por ver, no te preocupes, te aseguro que volverás una segunda vez…

Llegué a San Pedro por la mañana tras casi un día entero de viaje. Durante el último tramo, que va de la ciudad de Calama al mismo San Pedro en 1h30, uno ya puede hacerse a la idea de todo lo que le espera. El autobús pasa en medio de paisajes tan hermosos que parece que ese sea el motivo principal del viaje: rocas imposibles, rocas de sal, rocas de colores, volcanes nevados. Desde luego, aunque sólo hubiese contemplado esos paisajes, ya habría merecido la pena todo el viaje. Así que jamás podía haberme imaginado todo lo que iba a poder ver después…

 

Vistas desde el autobús. Si el conductor hubiese dado la vuelta aquí para llevarme de vuelto a Perú no me hubiese ido insatisfecha…

Tras dejar atrás la estación de autobús, en la que uno puede encontrar las tiendecitas artesanales más bonitas y originales de la ciudad (en Atacama no hay artesanía propia, todo lo que veas en el centro son las mismas que puedes encontrar en Perú y Bolivia), llegué al centro de San Pedro. Había leído que era muy pequeño y que perderse aquí era bien complicado, pero sí… yo tardé casi una hora en encontrar mi hostel y di unas tres vueltas al lugar porque haga lo que haga y pase el tiempo que pase por lo visto siempre voy a ser pésima orientándome. 

No hagas como yo y llévate un mapita para no perderte por el fácil San Pedro
No hagas como yo y llévate un mapita para no perderte por el fácil San Pedro – Fuente: http://www.donsebastian.cl/es/ubicacion

Después de poder dejar por fin mi mochila y salir a conocer San Pedro, lo que me encontré fue un lugar tranquilo y acogedor en el que a uno le dan ganas de pasar varios días paseando, tomando un helado (los hay de quinoa y chañár, éste último típico atacameño y realmente delicioso) y disfrutando de la comida local en sus numerosos restaurantes y terracitas. Si bien es un lugar muy turístico, tiene un encanto que no sé describir. Quizás sea el tranquilo discurrir de sus gentes, paseándose sin prisa por la calle Caracoles, la principal de la ciudad, o sus muros hechos de adobe, que le otorgan un carácter especial. Su plaza, siempre abarrotada de niños jugando, está rodeada por un muro del mismo material y contiene la única iglesia de la ciudad de San Pedro. Caminando por la ciudad, uno se da cuenta de que ésta es también una ciudad de perros. Aparecen de todas partes sin que uno sepa muy bien de dónde y pueden verse a puñados, y es que aquí no son mascotas de compañía, sino unos habitantes más de la región.


DÍA 1

Lo primero que me apetecía ver era el Valle de la Luna y el Valle de la Muerte, así que reservé un tour para ese mediodía y me dirigí hacía allí. De nuevo, el paisaje desde la furgoneta era tan abrumador que me preguntaba si era posible que lo que iba a ver fuese aún más bonito. Llegamos a la llamada Roca del Coyote, desde donde se puede contemplar el Valle de la Luna en todo su esplendor, resultado de siglos y siglos de viento y de lluvia que han creado rocas de formas inverosímiles que están, por si no fuera suficiente, espolvoreadas por una capa de sal a modo de pastel. Un poco más a la derecha se encuentra el Anfiteatro, un inmenso peñasco de más de 40 metros que parece pensado para sentarse a contemplar este increíble lugar.

El Anfiteatro, como una pasarela al cielo…

Llegamos al Valle de la Muerte, también llamado Valle de Marte debido a su semejanza con la superficie de ese planeta, donde sus esculturas rocosas y sus extrañas formas naturales producto de la presión de las placas tectónicas crean un hipnotizante horizonte de pequeñas dunas. ¿Quién podría imaginarse que este mismo lugar fuera antaño un gran mar? Al fondo de este gran cañón conocí al Volcán Licancabur, “la montaña del pueblo”, visible desde casi todos los rincones de San Pedro.

La famosa Roca del Coyote… la mejor butaca desde la que disfrutar de estas vistas.

Antes de abandonarnos a la puesta de sol, nuestro guía nos llevó a las Cavernas de Sal. Por un momento, a medida que me adentraba en esas cuevas blancas, me sentía de nuevo en medio del desfiladero del Siq, en Petra, aunque de un tamaño más pequeño y cubierto de esta nieve del desierto, a punto de descubrir un gran tesoro. La lluvia ha dejado su marca en las paredes derretidas de ese lugar, salpicadas por también por este color blanco omnipresente en Atacama.

Cerca de allí, paramos en Las Tres Marías o Los Vigilantes, tres caprichosas formas compuestas de granito y arcilla, que parecen plantón en medio de estas antiguas lagunas ahora secas. Sin embargo, no siempre tuvieron este aspecto. Hace unos años, nos cuenta el guía, un turista se subió encima de una de ellas y la rompió por la mitad. Es este tipo de cosas las que me hacen pensar de nuevo en las nefastas consecuencias del turismo. (y en la gente inconsciente que no valora donde se encuentra ni respeta que los demás queramos poder contemplar los lugares IGUAL de bonitos después de que ellos pasen por ahí)


DÍA 2

Al día siguiente reservé un tour por las Lagunas Altiplánicas. Abarcaba varios lugares de interés y zonas bastante alejadas de la ciudad, por lo que encontré interesante dedicar un día entero a ello. Como en todos los tours, había que madrugar, y mucho, lo que sin embargo te regalaba cada mañana un increíble amanecer de camino al destino. Pero no sólo eso, desde la furgoneta de la agencia se observaba la carretera, rodeada de montañas y paisajes portentosos, haciendo del camino algo único y extraordinario. ¿Qué otro horizonte podría desear cualquier conductor?

La primera parada fue en el Salar de Aguascalientes, en un lugar llamado Piedras Rojas situado a una altura de 4220 metros. Sus intensas rocas rojizas me recuerdaron a un pastel que parece haberse resquebrajado. Allí el agua de esta laguna llamada Tuyajto es tan transparente que se confunde con el blanco. Más que en pleno desierto de Atacama, me dió la impresión de haber llegado a alguna playa del Caribe en la que resultaba muy tentador sumergirse.

Aquí uno no sabe dónde mirar: por muchas vueltas que dé y por cualquier rincón que camine todo es de una belleza asombrosa.

Parada frente a esta laguna, contemplando el volcán Láscar como telón de fondo, tengo la impresión de haber llegado a uno de los lugares mágicos que siempre van a quedarse grabados en mi memoria. Y, cuando me parece imposible que lo que estoy viendo sea aún más maravilloso, miro hacia atrás y me encuentro lo más bonito de todo: una panorámica de estas enormes rocas rojizas, en cuyo borde destaca una gran piedra a punto de levantar la cabeza, como una inmensa tortuga que acaba de despertar.

 

De camino a la Laguna Chaxa o Laguna de los Flamencos pude apreciar por el camino a manadas de vicuñas, llamas, algún que otro zorro y campos inmensos de un amarillo intenso que me recuerda a las margaritas. Pero no eran flores sino coirón, también llamado paja brava, endémico de la zona sur de este continente. También había algunos burros salvajes. ¿Burros salvajes? Yo también me hice la misma pregunta. Al parecer, nos cuenta nuestra guía, fueron liberados por los lugareños tras la llegada de los españoles y puestos en libertad convirtiéndose en una especia salvaje.

Al llegar a la laguna no tuvimos suerte. Apenas quedaban algunos flamencos refrescándose en el agua. Por lo visto, las grandes manadas huyen por la mañana con la primera llegada de los turistas en furgonetas para regresar de nuevo al atardecer. Aún iba a tener que esperar un poco para ver una de las estampas con las que sueñana desde hacía años.

Tuve que esperar dos meses para poder contemplar esta vista en la vecina Bolivia

DÍA 3

Esta vez me levanté a las 4h00. Fui a visitar los Geiseres del Tatio, a casi 100 km de San Pedro de Atacama. Lo cierto es que las distancias, por muy grandes que fuesen, se hacían cortísimas en este desierto. Quizás se debiese al entusiasmo del viaje, pero lo cierto es que levantarme a las 4 de la mañana y estar a 10 grados bajo cero no me parecía impedimento suficiente para no ir. Tenía muchas ganas de visitar ese lugar. Me producía una curiosidad particular, y es que me daba la impresión de estar en un lugar con vida propia con sus numerosos géiseres rugiendo y explosionando en cada esquina.

Y las vistas del resto de la mañana tampoco estuvieron nada mal:

 

Por la tarde nos acercamos a las lagunas más grandes de San Pedro, la laguna Miscanti y la laguna Meñiques. El efecto espejo de las lagunas que algo que nunca voy a olvidar: por si no fuese suficiente una vista como esta el agua se encarga de regalárnosla una segunda vez.

Acabamos el día viendo el atardecer en Ojos del Salar, dos pequeñas lagunas en las que pudimos descansar después de 3 días de carretera y temperaturas que pasaban de ser heladas a volverse absolutamente sofocantes.


DÍA 4:

Era mi último día en la ciudad y decidí tomármelo con calma. El único plan era dar un tranquilo paseo hasta Pukará de Quitor en bicicleta y resultó ser todo un acierto acabar el viaje en este lugar tan apacible y solitario. Se trata de una construcción pre-inca que bordea por el río San Pedro. Desde allí pude apreciar unas vistas maravillosas del Valle de la Muerte sin turistas y también tomarme mi tiempo para despedirme de uno de los lugares más impactantes y bellos de Suramérica…


Sin planearlo (de nuevo), volví a pasar por Atacama dos meses después en un pequeño tour por Suramérica en el que, aunque pareciese imposible, también pude conocer cosas a la altura de Atacama. Si quieres echarle un vistazo a mi viaje de Perú a Brasil en autobús durante 40 días, te lo cuento todo aquí. Por cierto, el viaje a las islas del Titicaca finalmente también llegó… y puedes leerlo aquí.

 

INFO ÚTIL

– Durante el día las temperaturas son muy altas y por la noche hace muchísimo frío, por lo que hay que prever ropa adecuada a cada momento. Se necesita mucho protector solar pero también un buen anorak, con bufanda y guantes incluidos.

– Compara siempre los precios de los tours en varias agencias. Si reservas un pack de varios hay buenos descuentos.

– Lo que muchas agencias no dicen es que hay que pagar entrada en prácticamente todos los lugares que se visitan. La mayoría oscila entre los 2000 y los 5000 pesos salvo la visita a la laguna Cejar, que cuesta 15.000. (Por lo visto está gestionada por una comunidad indígena y han subido disparatadamente los precios desde unos pocos años)

– Con el carnet de estudiante (no hace falta que sea el internacional), hay descuentos en las entradas a los recintos.

– Por dios, prueba el helado de chañár y quinoa. ¡No te vas a arrepentir!

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