Escrito por Estefanía Asensio

Cuando llego a la aldea de Tá Vam, en medio de las montañas del pueblo de Sapa, está sentada en el suelo cortando verduras encima de una gruesa tabla de madera. Llegar hasta aquí me ha llevado más de 6 horas caminando por bajadas, subidas, piedras y barro y muchos, muchos arrozales dibujados a lo largo de laderas como escaleras verdes al cielo. También me ha costado más de un resbalón y alguna caída, hasta que Chan, la chica de la etnia Hmong que me guía, me coge de la mano para evitar que vuelva a acabar en el suelo.

Al principio me toma la mano al ver que cada vez me cuesta más mantener el equilibrio en las bajadas. Hay tanto barro que los pies se me hunden hasta los tobillos, y una de mis zapatillas pronto empieza a resquebrajarse. Pero no la suelta cuando llegamos a un sendero plano en el que los niños se pasean y juegan juntos a cualquier cosa que encuentran, así que seguimos caminando juntas mientras me cuenta detalles de su vida diaria en estas aldeas del norte de Vietnam. Tiene 19 años, una sonrisa preciosa y unos ojos sinceros que enseguida hicieron que quisiese ir con ella cuando me ofreció pasar una noche en su aldea conociendo su modo de vida.

Como muchas otras mujeres de Sapa, Chan pertenece a la etnia Hmong, una de las tres etnias, junto a los Dao y los Tay, que cada mañana van al pueblo a ofrecer a los turistas hacer rutas por las montañas y noche en alguna de las casas de las aldeas para poder ganar algo de dinero. La agricultura y la artesanía son los dos otros medios de supervivencia de las gentes que viven rodeadas de los interminables cultivos de arrozales que tanto ansiamos contemplar todos los que nos acercamos hasta aquí.

Hoy hemos llegado a casa de Jó dos chicos daneses, uno sueco y yo, deseosos de poder formar parte unas pocas horas de la forma de vida de los Hmong. Tras acabar de cortar las verduras, Jó enseguida empieza a cocinar para la cena. Nosotros nos quedamos sentados en una mesita frente a la entrada, conversando con su marido y un montón de niños de los alrededores que enseguida se acercan divertidos cuando nos ven llegar. Jó, que habla un poco de inglés y llega a comunicarse en las cosas básicas, enseguida nos dice que nos sintamos como en casa y que entremos a visitar su hogar, así que me levanto, no sin cierta timidez, a asomarme a ver cómo viven. Toda la casa es de madera y cuentan con una amplia sala donde comen y charlan alrededor de una pequeña mesita. Enganchadas a una de las paredes, hay un sinfín de fotografías de los visitantes que también han pertenecido a este sitio durante uno de sus días. Hay fotos de Jó sonriente, algo más joven de lo que es ahora, y de sus hijos cuando eran más pequeños. Al otro lado lado, hay un fuego encendido en el suelo, justo al lado de una gran cama. Las otras dos, donde en unas horas caeremos rendidos el resto, están en la azotea. Aquí no hay sino lo estrictamente necesario para comer y vivir.

Muy pronto me llega el olor a comida, que empieza a llenar la mesa, y todos nos apresuramos a sentarnos alrededor, hambrientos tras tantas horas caminando. Somos muchos a cenar, pero aquí hay de todo: noddles, arroz, verduras, tomates, patatas y el mejor tofú que he probado nunca. Jó también nos sirve licor de arroz hecho por ella. Y así pasamos la noche, hablando y bebiendo en una pequeña casa en medio de las montañas que en unas horas se quedará en silencio y a oscuras tras la enorme tormenta que está a punto de caer.

A la mañana siguiente, Jó me sirve una taza de té y empieza a preparar el desayuno: rollitos de noddles con zanahoria y verduras. Me siento con ella frente al fuego y nos ponemos a cocinar juntas. A medida que termina de poner todos los ingredientes en las hojas de arroz para después enrollarlos, Jó va poniéndolos a freír. Cocina con dedicación y paciencia. Dos de sus hijos vienen a sentarse a mi lado y no apartan los ojos de su madre y de cómo cocina hasta que sirvo el desayuno en la mesa y los chicos y yo lo devoramos todo. Nos espera otra larga ruta antes de volver a Sapa y tenemos que reponer energías.

Ponemos rumbo a unas cascadas que hay a dos horas de distancia, y Jó camina liviana por las bajadas y los enormes charcos de barro con simplemente unas chanclas de plástico. Al principio iba la primera de la fila, pero al ver que voy más lenta que los demás, enseguida se pone a mi altura. Me espera cada pocos pasos para ver si voy bien. Es tan atenta que se me adelanta un poco para indicarme que trozos es mejor pisar, pero a mi zapatilla izquierda le queda muy poco para romperse del todo. Se la enseño a Jó y le digo que seguramente tenga que ir descalza, a lo que ella me contesta que debía habérselo dicho ayer, pero que pudiese arreglármela. Le sonrío y le digo que no importa. Le pregunto si nunca ha salido de la aldea de Tan Ván, y me dice q sólo conoce esta y la suya ya que después de casarse a los 17 años, se mudó a la aldea de su marido y allí lleva viviendo desde hace 15 años.

Caminando al lado de Jó, con el poco inglés que habla y el mío muy limitado, pienso, una vez más, en todas las cosas que nos perdemos por no poder llegar a comunicarnos plenamente con las personas. Personas con las que, a pesar de vivir en mundos culturalmente alejados años luz, estamos compartiendo momentos eternos. Y pienso en lo frustrante y lo triste que es tener que marcharme de un lugar y despedirme de alguien de la que podría aprender tanto y con la que podría compartir muchas más cosas que detalles anodinos y pequeñas pinceladas de quiénes somos y de cómo es nuestro mundo.

Pienso en todo lo que me gustaría saber de ella.

De qué forma se crío en su familia. Qué es lo que más feliz le hace. Qué es lo que espera de su vida. En si imagina otras formas de vida o si le crea curiosidad ver cómo vivimos en otras partes del mundo. En quién es.

Pienso en todo lo que le gustaría saber a ella.

Cómo son los lugares de donde venimos los que nos asomamos por un rato a su vida. Por qué queremos venir aquí. Qué nos impulsa a querer viajar tan lejos. Qué hacemos en nuestras vidas. En quién soy.

Pienso en todo lo que me gustaría que me contase.

Con detalles. Con matices. Sin vender unas palabras por otras y usando los adjetivos correctos.

Y, una vez más, en todo lo que se queda por el camino.

En todo eso que se queda sin decir.

Historias relacionadas