Escrito por Estefanía Asensio

No pretendo engañarme a mí misma. Creo que siempre supe lo que me esperaba en las ciudades más turísticas de Tailandia, pero quería venir a verlo con mis propios ojos. Como siempre digo, todo merece ser visto, aunque ya quede tan poco por apreciar en un país por el que pasan cada año 25 millones de personas. Vine aquí por que, aunque hubiese más países del sudeste de Asia que llamasen mi atención, Tailandia siempre fue lo primero que me venía a la cabeza cuando pensaba en esta zona del mundo.

Pero tenía razón. Tailandia no me emociona. Es a la conclusión a la que he llegado tras haber visitado mi última parada en el país: la isla de Koh Lipe. Fui allí huyendo de las fiestas de Koh Tao y Koh Panghan, tratando de escapar de las masas de turistas de Krabi y Koh Phi Phi, y lo conseguí: allí hay tranquilidad y sólo unos pocos turistas. Pero detrás de esas playas turquesas también hay una isla mal cuidada y sucia, llena de pobres perros hambrientos, botellas de plástico en las calles y precios diez veces más altos de lo normal. Si esa es una de las islas menos visitadas no puedo imaginar hasta qué punto deben estar explotadas las otras. Y es que este país está demasiado prostituido como para llegar a apasionarme como lo han hecho otros lugares que he recorrido en mi tour por el sudeste asiático. En mi último día en Tailandia, tras entender que me marchaba con un sentimiento de desengaño y frustración, fui a ver el atardecer a mi rinconcito favorito y, mientras me columpiaba y miraba el cielo cambiar de color, pensaba en porqué tenemos que estropearlo todo, incluso una minúscula isla en medio del océano índico.

Probablemente os guste esta foto, pero justo detrás del columpio, en la parte que no he sacado con mi cámara, había decenas de botellas de plástico y basura.
Probablemente os guste esta foto, pero justo detrás del columpio, en la parte que no he sacado con mi cámara, había decenas de botellas de plástico y basura.

Una sensación parecida ya me había dejado Bangkok, donde visitar su principal templo, el gran Palacio, es una aventura imposible en la que ni siquiera tienes un margen de un metro cuadrado para poder caminar (y respirar). Disfrutar de un lugar tan maravilloso como ese se vuelve toda una decepción y, aunque hayas pagado la entrada más cara para visitar un templo en Bangkok (500 baths, es decir unos 13 euros), acabas huyendo de allí agobiado y cansado de ver a tantos seres humanos juntos, tantos palos de selfie y tanta gente posando. Y, cuando por fin te has marchado, sólo te queda la sensación de haber estado en un lugar maravilloso que entre todos hemos acabado convirtiendo en un parque de atracciones cuyo legado cultural y artístico nos importa bien poco.

El Gran Palacio de Bangkok es un absoluto hormiguero de gente
El Gran Palacio de Bangkok es un absoluto hormiguero de gente

Esta imagen se vuelve a repetir cuando te paseas por alguna calle como Khao San Road, meca mochilera de Bangkok, en la que mires donde mires sólo te encuentras fiesta, publicidad y cientos de hamacas en la calle en la que unos acomodados turistas se tumban al sol a que les masajeen interminablemente los pies durante horas por un par de dólares.  ¿De verdad tanta gente concebimos nuestras vacaciones como una oportunidad para disfrutar del trabajo duro e inclemente de tantas otras personas? También hay otros shows, como comer brochetas de bichos (o pagar por hacerte una foto con ellos), meter los pies en un acuario enorme para que unos pececillos minúsculos te los limpien, y una amplia lista de chorradas hechas para complacer a aquellos turistas que adoran volver a casa mostrando fotos de lo que creen que representa la experiencia de conocer un país.

Khao San Road, o cualquier calle turística de cualquier país
Khao San Road, o cualquier calle turística de cualquier país

Tampoco encontré nada nuevo en Chiang Mai, segundo destino del país situado próximo a la frontera birmana, aparte de un pequeño respiro tras tanto tráfico en la capital. Allí, al menos, se agradece el poder ir andando por todo el centro de la ciudad, pero desgraciadamente te encuentras más de lo mismo con la única diferencia de que es en tamaño S: conductores de tuk-tuk que te acosan para además cobrarte precios desorbitados, ofertas de masajes y tratamientos de belleza baratísimos por todas partes o anuncios de espectáculos como hacerte fotos con tigres drogados o visitar las mujeres jirafa como si se tratase de una exhibición.

Y no me olvido de que Chiang Mai también es la meca de todos aquellos amantes de los animales que anhelan hacerse unas bonitas fotos con elefantes para colgar en Facebook e Instagram, sin importar que para ello sean maltratados y forzados a realizar el mismo paripé todos los días de su vida. Normal, si han pagado una entrada, ¿qué mínimo que los elefantes les den un espectáculo y se estén quietecitos cuando los bañan en el barro día sí y día también? Si aparece el menor resquicio de culpa no pasa nada, de todas formas, ese día recibirán tantos likes que olvidarán enseguida que han contribuido a un espectáculo tan inhumano, si es que alguna vez les importó. No deja de asombrarme hasta dónde llega nuestro egoísmo y con qué facilidad cerramos los ojos ante lo que está mal, intentando convencernos a nosotros mismos de que no es para tanto sólo porque nos conviene que sea esa la verdad.

En el templo Doi Suthep de Chiang Mai (como en muchos otros sitios) hay escenas como esta
En el templo Doi Suthep de Chiang Mai (como en muchos otros sitios) hay escenas como esta
Vi a esta niña sentada al pie de las escaleras y cuando quise darme cuenta había decenas de ellas, vestidas con el mismo traje regional, recibiendo las fotos de los turistas y las monedas que les dejaban
Vi a esta niña sentada al pie de las escaleras y cuando quise darme cuenta había decenas de ellas, vestidas con el mismo traje regional, recibiendo las fotos de los turistas y las monedas que les dejaban

 

Juzgad vosotros mismos. En mi opinión, el maltrato a elefantes va muchos más allá de montarlos o usarlos como transporte. Este vídeo (que me ha cedido una compañera canadiense con la que coincidí en la ciudad) pertenece al Elephant Jungle Sanctuary de Chiang Mai, en el que según el testimonio de gente que lo ha visitado, cada noche se encadenada a los elefantes y durante el día se les droga para confundirlos.

No me olvido de todo lo bonito que también tiene Tailandia y de todo lo que seguro también tenían todas estas zonas turísticas hace unas décadas, antes de que acudiésemos todos en masa a descomponer este lugar. No me olvido de las sonrisas de la gente, de toda la amabilidad que también se encuentra en el país, de la increíble comida y de lo fascinante de toda su cultura. Pero el problema no es que muchos queramos ir a conocer Tailandia. El problema no es que seamos muchos los que viajemos hasta allí. El problema es qué tipo de experiencia buscamos y que dejamos detrás de nosotros al marcharnos de un lugar.

Estoy cansada. Cansada de caer en trampas turísticas por mucho que intente huir de las zonas artificiales en las que lo último que puede verse es un trocito de la vida cotidiana de algún alejado lugar. De intentar escabullirme de todo ese entorno teatral y adulterado y que aún así esté por todos lados alrededor de mí. Fui a Koh Lipe buscando una de las playas menos visitadas de Tailandia y me encontré con el peor ambiente del país, me alojé en la zona norte de Bangkok tratando de zafarme de todo esa atmósfera de fiesta europea del centro y me topé con estafas y engaños, fui a Chiang Mai a intentar conocer una zona más tranquila del país y me encontré con niñas de apenas dos años de edad en la calle disfrazadas y arregladas para conseguir dinero de los turistas y un sinfín de ellos haciéndoles fotos como si se tratase de un espectáculo más.

¿Acabarán así otros lugares, como Bagán, destino cada vez más visitado en el sudeste entre los que viajan a este parte del continente asiático? ¿Se consumirán así todos los lugares que se pongan de moda y salgan en los rankings de las revistas más importantes y en los blogs más influyentes? ¿Caducarán así todos los rincones bonitos del mundo después de que hayamos ido todos a explotar todo lo maravilloso que hay en ellos?

Estoy harta. Harta de sentir que contribuyo, inevitablemente o no, a plastificar un lugar, a exprimirlo hasta que apenas quede algo de real en él. Pero haga lo que haga Tailandia parece englobar todo lo que no me gusta hacer cuando viajo: estar rodeada de espectáculos en los que el protagonista es algún maltratado animal, visitar lugares artificiales que no me hacen sentir en ningún momento estar descubrimiento un país si no estar siguiendo una ruta establecida por la que todos los que nos acercamos aquí acabamos pasando, luchar constantemente para que no intenten cobrarme de más por ser extranjera, responder cada dos metros amablemente que no quiero algún servicio que no necesito e intentan venderme interminablemente, notar esa falsa amabilidad casi cada vez que trato con algún vendedor, y sentir que estoy en un lugar que antaño fue maravilloso y que hoy en día hemos convertido en una eterna repetición de chorradas. ¿Hasta qué punto podemos sencillamente intentar visitar la verdadera realidad de un lugar? ¿Dónde ha quedado ese interés mutuo por conocerse, esa curiosidad sana, y no el interés oculto de intentar conseguir algo de quien tenemos delante?

No pretendo ser la única o estar sola conociendo un país. No pretendo ser la descubridora de lugares nuevos (¡ojalá!), y tampoco pretendo criticar un lugar al que le faltan medios económicos e infraestructuras para ocuparse de algunas cosas con las que contamos otros países, pero no logro entender por qué sigue la gran mayoría tolerando este turismo de plástico. ¿No va siendo hora de dejemos de contribuir a crear esta atmósfera edulcorada? ¿No va siendo hora de que dejemos de engañarnos y de creernos este ambiente fabricado disfrazado de verdad? ¿No va siendo hora de que aspiremos a algo más cuando intentamos acercarnos un poquito a la verdadera cultura de un país? Una vez más, no sé quién viene primero: si nosotros por llevar décadas pidiendo un turismo artificial o ellos por ya no saber ofrecernos poco más que cosas ficticias.

Seguiré intentando conocer algo real y honesto, pero no creo que sea en esta Tailandia.

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