Escrito por Estefanía Asensio

En mi cuarto día por Jordania, pongo rumbo a uno de los lugares más interesantes del país: la ciudad romana mejor conservada de todo Oriente Próximo. Situada a poco más de 50 kilómetros al norte de Ammán, Jerash fue descubierto en 1806 pero no fue hasta los años 20 del siglo anterior cuando se iniciaron las excavaciones de esta ciudad olvidada que llegó a albergar en su edad de oro a más de 25.000 personas. Y es que este lugar, antaño una de las colonias preferidas del antiguo Imperio Romano sigue recibiendo muy pocas visitas a pesar de su gran importancia histórica.

Posando alegremente para mí
Posando alegremente para mí

A mi llegada, tan sólo observo algunos extranjeros visitando sus ruinas pues, al igual que otras zonas históricas de Ammán, Jerash se ha convertido para los jordanos en un punto de encuentro entre familias y amigos para pasear y conversar con tranquilidad. Camino dirección a la entrada a pocos pasos de una de ellas. Están todos: la abuela, la madre, los hijos mayores y la hija pequeña. Algunos llevan flautas de caña y el más alto un sombrero negro al estilo cow-boy.

Tras unos instantes, la niña se gira repentinamente hacia mí dando un pequeño salto de sorpresa. Empieza a cuchichear con la familia algo que ni oigo ni llegaría a entender y esta vez son todos los que se giran uno a uno para mirarme con curiosidad. La chiquilla se vuelve de nuevo y empieza a dar unos pasos hacia donde me encuentro, pero enseguida cambia de idea y vuelve para esconderse entre los suyos, así que es uno de los hermanos mayores quien acaba acercándose: “¡Hola! ¿Te importaría hacerte una foto con mi hermana?” me dice en inglés. Es la primera vez que me piden una foto siendo yo la extranjera, ¿no debería ser al revés? Accedo extrañada mientras el resto de la familia nos mira con una sonrisa de oreja a oreja y yo me siento desubicada, pero pronto llega mi turno. Les pido que posen todos juntos para mí y me llevo una bonita estampa de esta amable familia. Es entonces cuando el vaquero se me acerca y me regala la flauta que iba tocando por el camino, y el resto del trayecto al punto de acceso a las ruinas lo paso así, toqueteando y soplando torpemente sus agujeros para intentar que salga algún sonido agradable. Al cabo de unos instantes me despiden alegremente moviendo las manos y, con la misma tranquilidad de antes, continúan su paseo hasta el arco de entrada mientras yo me apresuro para tener tiempo de ver todas las ruinas. Y es que parece ser que la mayor atracción del lugar para los jordanos no es otra cosa que los pocos viajeros que, como yo, se acercan hasta el lugar.

Por fin llego al gran Arco de Triunfo, de un tamaño colosal, así que me cuesta imaginar que el original midiese casi dos veces más. Pero lo más impactante llega cuando cruzo esta enorme puerta para entrar en el cardos maximus, una enorme vía que parte de la gran Plaza Oval y se prolonga hasta el otro lado de la ciudad, en la puerta norte. Aún conserva su pavimento original y puede apreciarse la huella dejada por el paso de los miles de carros que pasaban por esta monumental plaza, donde confluían todos los caminos y que constituía el corazón mismo de la ciudad.

Un poco más lejos se encuentra el monumento más imponente del lugar, el Templo de Artemisa. Tan sólo se conservan su escalinata y sus colosales capiteles corintios, pero son más que suficientes para hacerse una idea de lo gigantesco que llegó a ser este lugar dedicado a la patrona de Jerash. Lo cierto es que tengo la impresión de estar paseándome en una ciudad que, aún hoy por hoy, sigue viva. Y es que aquí la historia parece que se concentre y se amplifique ante nuestros ojos, y todo gracias a las toneladas de arena que conservaron este lugar en tan buen estado durante siglos.

Me dirijo al Teatro sur, mucho más grande y amplio que el que acabo de ver en la parte norte. Se trata del monumento mejor conservado de la ciudad en el que parece que no se haya alterado nada con el paso del tiempo. Un grupo de niños ríe mientras corretea y escala los cientos de escalones de las gradas, pero mi atención se concentra en un hombre situado a los pies del teatro, justo en el centro, ataviado con un largo traje beige y la tradi-cional kufiyya. Está tocando una enorme gaita de madera con himnos que me recuerdan a las frondosas montañas escocesas; un contraste que me cuesta asimilar acorralada entre tanta piedra y arena. Por lo visto, se trata de antiguos militares pertenecientes a bandas que actúan para conseguir algo de dinero. La acústica del lugar hace que la melodía suene aún más mejor si cabe, así que opto por subir hasta arriba del todo y, además de la música, consigo tener una excelente vista del conjunto de las ruinas y de la ciudad moderna de Jerash como decorado de fondo.

Justo antes de cruzar de nuevo el gran arco de triunfo, esta vez para decir adiós a Jerash, aparece a mi lado una mujer con un burka negro. Me coge del brazo con familiaridad y comienza a hablarme en árabe como si me conociera. Intento hacerle entender que se está equivocando de persona, pero habla y gesticula sin cesar y mis tentativas para que se dirija a mí en inglés no sirven de nada. No deja de hablar y yo ya no sé qué decirle, cuando de repente se detiene en seco y, tras mirarme firmemente a los ojos, empieza a cantar. Y entonces lo recuerdo. Recuerdo esa voz cantándome antes. Es Rameh, la mujer de la Mezquita del Rey Abdullah, la misma que me recitaba el Corán apenas unos días antes en la ciudad de Ammán. Me da un caluroso abrazo y caminamos juntas hacia la salida a medida que cae el sol. No hubiese imaginado volver a verla, especialmente tan pronto y en otro lugar. Debemos comunicarnos con gestos y no me hace el menor caso cuando le digo que no tiene por qué regalarme nada, paradas enfrente de una de las tiendas de souvenirs que se hallan en la salida. Al final me llevo a casa un pequeño jarrón marcado con mi nombre y el recuerdo del calor de la gente jordana generosa y afectuosa como ella.

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